El Siglo de Oro español (I)

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Algunas glorias del Siglo de Oro español

Referirse al llamado Siglo de Oro español es adentrarse en un período de esplendor no solamente de las letras sino de todas las artes. Sin posibilidad de enmarcarlo en unas fechas  concretas y superando, en cualquier caso, un siglo y medio, es opinión general que podría considerarse iniciado en el año del final de la Reconquista, 1492, incluyendo el descubrimiento de América, así como la publicación de la Gramática castellana de Antonio de Nebrija, con el impulso y reconocimiento de la reina Isabel. Si así se discurre el principio del auge de las artes en España, su final se enmarcaría en la firma del Tratado de los Pirineos con Francia, poniendo punto final a las contiendas entre tales Estados, acaecido en 1659, para considerar definitivamente cerrado el Siglo de Oro en 1681 con la muerte del insigne Calderón de la Barca.

Sin casi apercibirnos hemos recorrido el reinado de los Reyes Católicos, del emperador Carlos V, y de sus sucesores, Felipe II, Felipe III y Felipe IV, es decir, los grandes y menores Austrias que alcanzaron el cénit del Imperio español. De modo que nos hallamos ante el Renacimiento español con los RR. CC. y los dos primeros Austrias durante el siglo XVI y con el Barroco, siglo XVII,  bajo los reinados de Felipe III y Felipe IV, el rey planeta y Carlos II, como cierre.

Suele considerarse que la referencia al Siglo de Oro se circunscribe exclusivamente a nombres de la literatura, y si bien ello puede ser en parte cierto, no es en ese arte en el cual únicamente cabe adjudicarle tal calificativo. De principio es dado aludir al apogeo cultural y económico como fuente del prestigio español en toda la Europa de aquellos años, con Sevilla sede de comerciantes y banqueros europeos y receptora de las riquezas provenientes de los nuevos territorios. Junto a ella, Madrid, como sede de la corte, Valencia y Toledo, Valladolid también sede de la corte al iniciarse el siglo XVII con la iniciativa del duque de Lerma, y Zaragoza con su potencial agrícola.

Recorrer la historia de España durante tales siglos es avanzar en todos los campos del arte, de la ciencia, del humanismo.

E incluso de la agricultura. Del Nuevo Mundo nos llegó la patata, el tomate, el maíz, el cacao y hasta el tabaco, mientras el Viejo Mundo le aportaba el trigo, la vid y las nuevas formas de cosecha de las tierras en la Nueva España o en la Nueva Granada.

Aquellos descubrimientos impulsaron la geografía y la cartografía con el cartógrafo Martin Cortés de Albacar y su descubrimiento de la inclinación magnética de la brújula y el polo norte magnético; su discípulo Alonso de Santa Cruz fue el inventor de la carta esférica. Figuras resaltables en matemáticas como Sebastián Izquierdo responsable del cálculo de posibilidades, así como Pedro Nunes inventor del nonio, Antonio Hugo, Juan de Rojas, Rodrigo Zamorano. La medicina no estuvo ausente en ese extraordinario período con Andrés Laguna, botánico, la condesa de Chinchón y su descubrimiento de la quina, predecesora de la quinina, como remedio de la malaria.

En el campo de la psicología y la pedagogía surgen Juan Luis Vives y Juan Huarte de san Juan. Asimismo hay que mencionar a Francisco Sánchez y Francisco Suárez como exponentes de la escuela de Salamanca. Sin olvidar el derecho natural y el derecho de gentes con figuras como Bartolomé de las Casas o Francisco de Vitoria, adelantado creador del derecho internacional.

Los géneros literarios españoles tuvieron suma influencia en la literatura universal. Si en el Renacimiento predomina el idealismo, junto a él, en contrapartida, surgen obras más naturalistas como la Tragicomedia de Calisto y Melibea, la Vida del Lazarillo de Tormes, la Vida del Buscón, para llegar al cenit de nuestra literatura, Miguel de Cervantes, “literatura desatada” como él la definió con su don Quijote de la Mancha.

El alejamiento del clasicismo da entrada a la comedia nueva creada por Lope de Vega. El Arte nuevo de hacer comedias estalla y la creatividad de Lope fue acompañada por Juan Ruiz de Alarcón, Tirso de Molina, Guillén de Castro, Antonio Mira de Amezcua, todos ellos y algunos más dejaron atrás el estilo aristotélico representado por la unidad de acción, tiempo y lugar. Los finales del siglo XVI contemplan la mística de san Juan de la Cruz, de Juan de Ávila o de la doctora de la iglesia Teresa de Jesús, o de la ascética de Luis de León y de Luis de Granada.

Al estilo despejado de Teresa y su uso de un castellano claro y rico en léxico y brillante en sintaxis, le sucede un enrarecimiento que pretende alzar lo noble sobre lo vulgar. La palabra se torna más intelectual y con ello la literatura deviene una especie de espectáculo cortesano. Aunque, en ese mundo surge el ingenio de Luis de Góngora, Francisco de Quevedo y Baltasar Gracián, que se atreven a hacer uso de nuevos cultismos, nuevos vocablos que enriquecen sus obras. En el fin del tiempo áureo, Calderón de la Barca se atreve con sus autos sacramentales a vulgarizar la teología, opuesta al ramplón entremés de tanto éxito entre el pueblo.

En la mitad del siglo XVI, con Ignacio de Loyola fundando la Compañía de Jesús, fuente de grandes eruditos en todos los órdenes del conocimiento, se contempla el cultivo del petrarquismo con un nuevo Romancero; son Lope de Vega y sus cancioneros, Luis de Góngora y Miguel de Cervantes. Y, como expresión sublime de la poesía épica, Alonso de Ercilla y “La Araucana”, reseña de la conquista de Chile, editada en 1584. El mundo de la poesía no acaba en esos nombres, sino que se extiende con Francisco Medrano, Francisco de Rojas, Baltasar del Alcázar, Andrés Fernández de Andrada y, para finalizar en 1624 con Bernardo de Balbuena con su epopeya “Victoria de Roncesvalles”. Todos ellos, en alguna medida, están alejados de la sátira, moral y filosófica, crítica de Quevedo y del culteranismo de la lírica de Góngora, con sus Sonetos, su Galatea o sus Soledades. Adversarios implacables ambos, no dejaron de zaherirse en toda su existencia.

Es preciso detenerse en el “monstruo de la naturaleza” como le nombró Cervantes al “Fénix de los ingenios”, Lope de Vega. El teatro español le debe más de cuatrocientas obras teatrales, así como novelas, poemas épicos, poesía lírica profana, sonetos, mezclando en su teatro lo dramático con lo cómico, repleto todo él de una gran imaginación. Fue el renovador del teatro clásico haciendo surgir un nuevo arte dramático, creando al mismo tiempo la llamada comedia de capa y espada. Un detalle llamativo de Lope es el haber acudido con alrededor de veinte obras al Reino de Hungría, en donde se hallan ambientadas.

De sus discípulos, numerosos, destacan Guillem de Castro, Juan Ruiz de Alarcón, Antonio Mira de Amezcua y Tirso de Molina. Del primero hay que mencionar su obra “Las mocedades del Cid”; del segundo “La verdad sospechosa” y “Las paredes oyen”; de Amezcua, “El esclavo del demonio” sobre el mito de Fausto; “La prudencia en la mujer” y “El burlador de Sevilla” son obras memorables de Tirso de Molina.  Dejar de lado la “Numancia” de Cervantes, o bien obras de Lope como “El caballero de Olmedo”, “El perro del hortelano”, “La dama boba” o “Fuenteovejuna”, sería dejar en el olvido unos ejemplos de la genialidad de tales autores en el siglo más brillante de la literatura española.

Ya a mediados del siglo XVII, cerrando el llamado de oro, hallamos al testigo de tres reinados (el de Felipe III, el de Felipe IV y el de Carlos II), que vivió la Europa del pacifismo, la Europa de la Guerra de los Treinta Años y la del nuevo orden internacional, simultáneo al lento declinar de la monarquía, es decir, Pedro Calderón de la Barca. Su obra es una ruptura con el teatro de Lope, cuidando sus estructuras, preocupándose más por los elementos escenográficos, utilizando un lenguaje abstracto, elaborado y retórico. Su estancia en el Colegio Imperial de los Jesuitas (1608-1613) y, posteriormente, en las Universidades de Alcalá y de Salamanca, en la que permanece hasta 1615, fue de influencia fundamental en su obra. De ella sobresalen “La vida es sueño”, “La hija del aire”, ·”El médico de su honra”, “El pintor de su deshonra”, “La dama duende”, “El alcalde de Zalamea” y los autos sacramentales “El Gran teatro de mundo” o “El gran mercado del mundo”. La grandeza de su obra tuvo discípulos o imitadores como Agustín Moreto y “El lindo don Diego”, a Francisco de Rojas Zorrilla y su comedia “Entre bobos anda el juego” o “Del rey abajo ninguno” y, para finalizar, Francisco Bances Candano y sus tragedias políticas como “La piedra filosofal”.

El entremés fue un género teatral tan importante como, en ocasiones, olvidado. Sin embargo, son fuente de conocimiento de la sociedad española durante ese siglo. Son piezas cómicas, de un solo acto, tanto en prosa como en verso, que se intercalaban entre las jornadas destinadas a la comedia. “El Vizcaíno fingido”. “El retablo de las Maravillas”, “La cueva de Salamanca”, son algunos de los escritos por Cervantes. “Los muertos vivos” obra de Luis de Quiñones, con “El remediador” o “El hambriento” o  “Los mariones”.

Otro género satírico que igualmente se representaba en el entreacto de las comedias era “la jácara”. Sus personajes solían ser rufianes, delincuentes, picaros o chulos, los cuales destacaban por su agudo humor, amén de una jerga de bajos fondos que encandilaba al espectador dado a la crítica social. Miguel de Cervantes nos ayuda a saber de tal género en su comedia “El Rufián dichoso”, cuando nos dice;

«romance jácaro / que le igualo y le comparo / al mejor que se ha compuesto: / echa de la hampa el resto / en estilo jaco y raro. / Tiene vocablos modernos / de tal manera que encantan; / unos bravos y otros tiernos; / ya a los cielos se levantan / ya bajan a los infiernos».

Francisco Gilet

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