El Tratado del rio Quilín

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Francisco López de Zúñiga, marqués de Baides

La conquista del Perú por parte de los hermanos Pizarro tuvo su continuidad extendiéndose al abrigo de los Andes y bordeando el Océano Pacífico. Es decir, nos referimos a la gran franja que hoy viene configurando la república de Chile, poblada de numerosos pueblos originarios. El descenso hacia el sur por parte de Pedro de Valdivia inicialmente no tuvo una gran resistencia, llegando el Adelantado a lograr la fundación de la ciudad de Santiago de la Nueva Extremadura en 1541.

Sin embargo, no todo iba a ser tan placentero. Al sur del rio Bío-Bío se encontraba un pueblo dedicado a la agricultura y a la caza, aunque también sumamente guerrero, el cual había hecho frente al mismísimo Imperio de los Incas. Los mapuches, que de ellos se trata, dominaban desde el este de la cordillera andina hasta territorios de la actual Argentina.

Las llamadas guerras del Arauco, iniciadas con el encuentro de los mapuches con los conquistadores españoles, fueron tan cruentas para los mapuches como extenuantes para los españoles. La resistencia fronteriza más encarnizada se situaba en la cordillera de Nahuelbuta, donde los mapuches podían refugiarse rápidamente en los montes. La existencia natural de cuevas en las rocas les otorgaba el escondite perfecto.

 Lo acontecido en México con Cortés y los indios habitantes de esa Nueva España o con los indios tallanes de Perú, gobernados por el curaca Maizavilca, un indio rechoncho y muy astuto, no resultaba factible en la Nueva Extremadura,  ya que los mapuches no tenían un jefe único, sino que cada grupo gozaba de su propio gobierno diferenciado de los restantes. Ni tan siquiera existía una capital al estilo de la azteca Tenochtitlán o Cusco en Perú, ni emperador, como Montezuma o Atahualpa, que apresar. Por ello no cabía la posibilidad de entablar conversaciones con un solo jefe o cacique que englobase la totalidad del pueblo mapuche. Sufriendo las tropas españolas constantes pérdidas, por parte de Felipe III se llegó a la decisión en 1610 de ordenar se lograse un tratado de paz con los tenaces guerreros mapuches.

Fue el gobernador del Reyno de Chile, el marqués de Baides, Francisco López de Zúñiga, quien inició las conversaciones: obsequiando a los “lonkos”, o caciques, Chicaguala y Lincopichun, logró que en octubre de 1640 se aproximasen a la ciudad de Concepción. El 6 de enero del año siguiente, representantes de la Corona y de los mapuches se reunieron en la orillas del rio Quilín, en la actual provincia de Cautín. Por parte de la Corona estaba presente el dicho gobernador, encomenderos y jesuitas, junto con una tropa de 1.376 soldados españoles y 940 indios amigos. El pueblo mapuche estaba representado por los lonkos Linkopichun, Butapichun y Tinaqueaü, y por los “toquis”, jefes guerreros, Chicaguala, Lientur y Cheuquenahuel, arropados por 3.000 guerreros de lanza. Después de celebrar la ceremonia de rogativa mapuche solicitando al mundo espiritual que los proyectos futuros tuviesen éxito, se iniciaron las conversaciones. El gobernador Zúñiga puso todo su empeño en convencer a los caciques quién y qué era lo que representaba; “el poderoso rey de España no había buscado en esta guerra el dar mayor extensión a sus dominios, sino a la conversión y la felicidad espiritual y temporal de los mapuche”. Su persistencia y la firmeza de los caciques mapuches obtuvieron resultado. Los pueblos mapuches y la Corona convinieron:

Los mapuches “no han de ser encomendados a los Españoles, fino que han de estar en cabeza de su Magestad, y debaxo de su Real amparo, reconocerle vasallage como a su señor; y que con esto se bolveran a poblar sus tierras, y los Españoles podran reedificar fus antiguas ciudades.

Que estaran obligados a salir siempre que fueren apercibidos, con armas, y cavallos a qualquiera faccion, que se ofrezca der servicio de su Magestad, y le entregarian a rescate todos los cautivos Españoles que tuvieren en sus pueblos; y otras a este modo”.

Según era la costumbre indígena no hubo firma de documento alguno, sino el intercambio de abrazos y de regalos. Aunque el acuerdo contemplaba que los mapuches quedarían “bajo amparo real”, es decir súbditos de España, pero con un régimen especial, en realidad se reconocía la independencia de tales pueblos. Así, el rio Bío-Bío se estableció como frontera entre el Reyno de Chile, gobernadas las tierras del norte por España y al sur la Araucanía, territorio mapuche. Otros acuerdos también contemplaban;

Que el pueblo mapuche conservaría su libertad, sin que nadie pudiera molestarlos en su territorio ni esclavizarlos o entregarlos a encomenderos;

Que los españoles destruirían el fuerte de Angol, aunque mantendrían el de Arauco, que quedaba dentro del territorio mapuche;

Que los mapuches se comprometían a liberar a los prisioneros españoles que todavía tuvieran (20 fueron liberados ese mismo día);

Que dejarían entrar a sus tierras a los misioneros que fueran en son de paz a predicarles el cristianismo; y

Que se comprometían a considerar como enemigos a los enemigos de España y que no se aliarían con extranjeros que llegaran a la costa.

Este último punto era importante para una Corona que temía invasiones inglesas, neerlandesas y francesas.

Remitidas las Cartas a Madrid, por el gobernador Zúñiga, el acuerdo fue ratificado por Real Cédula de Felipe IV firmada el 29 de abril de 1643, siendo incluido el texto en el Libro de Tratados de la Corona. Dos circunstancias son resaltables; fue el primer tratado con un pueblo originario americano y el reconocimiento de la existencia de la Araucanía como territorio independiente, dentro del Imperio español. La diferencia con la paz firmada por Cortés y los tlascaltecas se halla en que los mapuches lograron la paz después de un siglo de enfrentamientos, doblegando su resistencia a las armas españolas, ansiosas de cerrar las disputas, sin más muertes ni gastos de guerra.

El lonko Butapichún  lo dejó sumamente claro en su discurso de cierre del tratado; “No estimes en grande gobernador el triunfo de hoy (la paz) y el sujetarnos sin armas cuando muchas armas no han sido poderosas para sujetarnos”. Estaba recordando el más de millón de muertos que le había costado al pueblo mapuche aquella paz. Una paz que en España fue conocida como la Paz del marqués de Baides, que instauraría el modo de conducta de ambos pueblos en las futuras controversias por un lapso de casi 300 años, fijando el parlamentar como costumbre para resolverlas en forma incruenta. Hecho de cierta importancia si se tiene en cuenta que, según parece, fueron más de treinta las contiendas o controversias que se produjeron durante el periodo colonial, acudiéndose siempre a la cultura del pacto para lograr la paz.

El poeta español Alonso de Ercilla, escribió la “Araucana” narrando el enorme valor de los mapuches en la lucha contra el conquistador español. Puede decirse que el “conflicto mapuche” todavía persiste. Está en el recuerdo histórico del pueblo mapuche. Todavía pervive cuando, en la segunda mitad del siglo XIX, Argentina y Chile decidieron establecer su poder sobre los territorios indígenas autónomos, mediante los procesos denominados de forma tradicional “Conquista del Desierto” y “Pacificación de la Araucanía” respectivamente.

Francisco Gilet

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2 thoughts on “El Tratado del rio Quilín”

  1. Excelente trabajo y lo digo desde Chile. La cultura del «parlamento» para lograr y mantener la paz se necesita de nuevo acà.

  2. Saludos cordiales de Luis Jambrina, antiguo alumno del «Colegio del Prado. Soy un entusiasta de la historia de España y más concretamente,» Siglo de Oro» español

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