Fernando IV, el Emplazado

Si te gusta, compártelo:

                                           

Fernando IV de Castilla, bisnieto de san Fernando, asumió con solo diez años la corona de Castilla en la ciudad de Toledo, siendo tutelado por su madre, la famosa María de Molina, la mujer que fue reina tres veces. El rey era de salud frágil, su hemoptisis (ataques de tos sanguinolentos) le llegaría  a acarrear su muerte a temprana edad. Si a ello unimos que el matrimonio de su padre, Sancho IV de Castilla con la dicha María de Molina no había obtenido la dispensa por razones de consanguineidad, e incluso de acusación de bigamia por haberse casado el Infante Sancho previamente con Guillermina de Montcada, heredera catalana, si bien nunca fue un casamiento consumado, no resulta extraño el carácter temeroso de Fernando. Frágil, dudoso de su legitimidad por bastardo, con intrigas e insubordinaciones durante sus primeros años de reinado, seguramente provocaron en Fernando un estado de paranoia constante, viendo enemigos por todas partes. Las conspiraciones, reales como la de su tío Juan de Castilla, hijo de Alfonso X, aspirante al trono, o irreales, eran respondidas con un estilo florentino, usando del brazo y las artes de algunos de sus favoritos o validos, entre ellos Juan Alfonso Gómez de Benavidez, eficaz espadachín. Y de la muerte de éste proviene la leyenda, o la realidad, de los hechos a relatar   

         Fernando IV, hallándose en Palencia, dispuesto a desplazarse hasta Alcaudete, en Jaén, donde su hermano Pedro estaba asediándola, después de haber conquistado Gibraltar, tuvo noticias de la muerte de ese favorito, Juan Alfonso de Benvídez, a manos, o mejor a espada, de los hermanos Pedro y Juan Alfonso de Carbajal. Asediada la ciudad jienense el 5 de septiembre de 1312, el rey se dirigió a Jaén, en donde, se dice, falleció el siguiente 7 de septiembre.

.

Sin embargo, el relato tiene otra versión. Hallándose acampado en las proximidades de Martos, hasta ella acudió para hacer justicia por el asesinato de su valido, Juan Alfonso Gómez de Benavídez. Apresados los hermanos Carbajal, acusados de asesinato, fueron sumariamente sentenciados por el rey, no evitándolo las promesas y juramentos de su inocencia. Sin embargo, pese a su insistencia, el rey no cedió en su condena. El aprecio hacia el favorito, se supone que por sus muchos y especiales favores, le indujeron a dar una especie de adorno a la sentencia; los hermanos sentenciados serían introducidos en una jaula de hierro, con pinchos, para ser arrojados por el barranco denominado la Peña de Martos. Es fácil contemplar la escena; los dos sentenciados, cargados de cadenas, rodeados de la comitiva real y la soldadesca, con el acompañamiento de los lugareños atónitos por el acontecimiento que iban a presenciar, camino de la dicha Peña. En llegando a ella, presos de todo temor ante lo que adivinaban una muerte horrorosa, los hermanos Carbajal, antes de ser despeñados, hacen su último alegato de inocencia, proclamando lo injusto de la sentencia y emplazando al rey, antes de treinta días, a rendir cuentas de semejante villania ante el tribunal divino. El sol del día 7 de agosto brillaba con toda intensidad, cuando los hermanos fueron despeñados, y sus restos ya destrozados, con jaula o sin ella, fueron recogidos por los habitantes de Martos, creyentes la mayoría de ellos de la inocencia de los hermanos. A continuación fueron conducidos a la iglesia de Santa Marta donde les dieron sepultura y en donde permanecen. En recuerdo de  tal acontecimiento se erigió una cruz en el lugar en el que la jaula se detuvo.

Después de su estancia en Martos, el rey se dirigió a Alcaudete, donde esperaba al infante Juan de Castilla, el de Tarifa, quien debería unirse junto con sus tropas al cerco de la localidad. Y este momento cabe dar la palabra al historiados Diego Rodriguez de Almela, quien en su obra «Valerio de las historias escolásticas y de los hechos de España», escrita por allá 1472, nos relata lo siguiente;

«Estando el rey Don Fernando IV de Castilla, que tomó a Gibraltar, en Martos, acussaron ante él a dos escuderos, llamados el uno Pedro Carbajal y el otro Juan Alfonso de Carbajal, su hermano, que ambos andaban en su corte, oponiéndoles que una noche, estando el Rey en Palencia, mataron a un caballero llamado Gómez de Benavides, que quería mucho el Rey, dando muchos indicios y presunciones porque parescía que ellos le havían muerto. El rey Don Fernando, usando de rigurosa justicia, fizo prender a ambos hermanos, y despeñar de la Peña de Martos; antes que los despeñasen dixeron que Dios era testigo y sabía la verdad que no eran culpantes en aquella muerte que les oponían, y que pues el Rey los mandaba despeñar y matar a sin razón, que lo emplazaban de aquel día que ellos morían en treinta días que paresciesse con ellos a juicio ante Dios. Los escuderos fueron despeñados y muertos, y el rey Don Fernando vino a Jaén. Eacaesció que dos días antes que se compliese el plazo se sintió enojado, comió carne y bebió vino. Como el día del plazo de los treinta días que los escuderos que mató le emplazaron se compliesse, queriendo partir para Alcaudete, que su hermano el Infante Don Pedro havía a los Moros tomado, comió temprano, y acostosse a dormir en la siesta, que era en verano; acaesció assí que quando fueron para le despertar, halláronlo muerto en la cama, que ninguno no le vido morir. Mucho se deben atentar los Jueces antes que procedan a executar justicia, mayormente de sangre, hasta saber verdaderamente el hecho por que la justicia se deba executar. Ca como en el Génesis se lee: quién saccare sangre sin pecado, Dios lo demandará. Este Rey no tuvo la manera que convenía a execución de justicia, y por tanto acabó como dicho es».

En septiembre de 1312, poco después de su defunción, los restos mortales de el Emplazado fueron trasladados a la ciudad de Córdoba, y el día 13 de septiembre fueron sepultados en una capilla de la Catedral de Córdoba, a pesar de que su cadáver debería haber recibido sepultura en la Catedral de Toledo junto a su padre, el rey Sancho IV, o bien en la catedral de Sevilla junto a su abuelo paterno, Alfonso X, y su bisabuelo paterno, Fernando III. En 1728, solicitada por los canónigos a Felipe V el traslado de los restos a la colegiata de San Hipólito de Córdoba. Y , desde entonces, allí permanecen, con los de Alfonso XI, en sendos ataúdes de madera, con un almohadón sobre el cual se hallan depositados una corona y un cetro, símbolos de la realeza.

Posiblemente, en algún momento de este relato, habrán acudido a la memoria el rey de Francia, Felipe IV, el Hermoso, el Papa Clemente V y el  último Gran Maestre de la Orden del Temple, Jacques de Molay, quemado en la hoguera en París en marzo de 1314. El cual, antes de morir, según refiere la tradición, conminó a comparecer ante Dios, en el plazo de un año, al papa Clemente V, al rey Felipe IV de Francia y a Guillermo de Nogaret, responsables de la supresión de la Orden del Temple y de la muerte de muchos de sus miembros. Tales hechos acontecieron dos años después del que acabamos de relatar. No cabe suponer que el Gran Maestre tuviese noticias de la existencia del Emplazado y su anunciada cita con el tribunal de Dios. Sea como sea, los sucesores de Felipe IV son conocidos como los Reyes Malditos.

Francisco Gilet.

Bibliografía.

Cerdá y Rico, Francisco (1787). Crónica de D. Alfonso el Onceno de este nombre (2ª edición). Madrid

González Mínguez, César (1995). Fernando IV, 1295-1312

Benavides, Antonio (1860). Memorias de Don Fernando IV de Castilla.

Si te gusta, compártelo: