
Mucho se ha escrito sobre la guerra hispano-estadounidense de 1898, pero la mayor parte de la literatura se refiere a la destrucción de la escuadra de Cervera en Cuba y a la batalla de Cavite en Filipinas; pocos, sin embargo, cuentan lo que sucedió en Puerto Rico unos meses antes de que Cervera llegara a Cuba.

Cuando se declaró la guerra, los americanos eran conscientes de que la escuadra enviada por España al mando de Cervera podía ser un serio adversario, si llegaba a Cuba en condiciones de operar con su potencial operativo en pleno rendimiento. Incluso habían planteado al presidente americano McKinley la posibilidad de abordar en el Atlántico a la escuadra española antes de la declaración de guerra. En su honor, hay que decir que McKinley se negó a semejante acción, pero sí puso la mayor presión en bloquear la venta de carbón de calidad en todos los puertos que estuvieran en la ruta España–Cuba.
Debido a esta acción logística y diplomática de los americanos, cuando la escuadra de Cervera recaló en las islas de Cabo Verde se encontró con que los depósitos de carbón habían sido vendidos a los americanos y que, a duras penas, consiguió 700 toneladas, cantidad insuficiente para la escuadra española. El Gobierno de Madrid le indicó que se dirigiera a Curazao, donde decía haber reservadas 5.000 toneladas, pero cuando llegó a Curazao —en aquellos momentos colonia holandesa— no obtuvo permiso para atracar en el puerto. Solo dos buques obtuvieron permiso para entrar y cargar 400 ridículas toneladas. Esto fue una de las causas de la posterior pérdida de la escuadra española.
Pero no divaguemos. El hecho es que los americanos no estaban muy seguros de su potencial marítimo y utilizaban su capacidad logística, financiera y diplomática para entorpecer los movimientos españoles.

El siguiente eslabón en la partida de juego era Puerto Rico. Situado cerca de Cuba, podía ser utilizado tanto por los españoles como puerto de respaldo y aprovisionamiento, como por los americanos si conseguían conquistarlo, ya que pensaban que era una presa fácil.
Y, sobre el papel, lo era.
Puerto Rico no tenía unas defensas extraordinarias. Su capacidad naval se limitaba a dos cruceros con más de once años de vida y un cañonero de casi treinta años. Dos cañoneros más modernos y lo único de última generación era el torpedero Terror, botado el año anterior, armado con dos tubos lanzatorpedos y capaz de alcanzar los veintiocho nudos.
En tierra, la situación no era mejor. Puerto Rico, en sus diferentes bastiones, solo tenía 28 cañones de costa, 16 obuses y 20 cañones de campaña de limitado alcance.

Cuando se iniciaron los enfrentamientos, el almirante William Thomas Sampson recibió la orden de bloquear el puerto de San Juan de Puerto Rico e iniciar una operación de desembarco si lo consideraba posible. Bajo su mando se encontraban dos acorazados, el Iowa y el Indiana, ambos de reciente fabricación, el crucero acorazado New York y dos monitores, también de reciente construcción. Los monitores eran un tipo de nave acorazada, de pequeño tonelaje, pero armadas con piezas de grueso calibre. En total, la escuadra tenía 164 cañones diseñados para la guerra naval.
El principal comandante español durante el bombardeo de San Juan de Puerto Rico, el 12 de mayo de 1898, fue el capitán de Artillería Ángel Rivero Méndez, quien dirigió la defensa de las baterías del Castillo del Morro y de San Cristóbal. El gobernador general de la isla durante la campaña de 1898 era el teniente general Manuel Macías y Casado, militar nacido en Teruel, España; es decir, un típico militar español del siglo XIX.
El primer disparo fue de aviso, dos días antes, con un cañón Ordoñez desde el castillo de San Cristóbal contra el Yale. El oficial al mando se llamaba Ángel Rivero Méndez; era un ciudadano español nacido en Trujillo Alto, Puerto Rico. Como diríamos ahora, era un criollo, nacido en América de padres canarios.
En el pequeño párrafo anterior hay dos informaciones importantes. El cañón que abrió fuego había sido construido en España bajo patente española a nombre de Salvador Díaz Ordóñez. El oficial que dirigió el fuego fue un español nacido en Puerto Rico y, cuando terminó el conflicto, decidió quedarse en la isla, donde murió en su villa natal, aunque nunca perdió el contacto con la península.
Puede que muchos lo descubran con asombro por primera vez, pero gran parte de los oficiales que servían en el ejército en América eran criollos, y la tecnología que utilizaban era más avanzada que la de los Estados Unidos. Otro hecho que lo demuestra es el tipo de fusiles y pólvora empleada por el ejército español, dotado con “Mauser”, que utilizaban pólvora sin humo, lo que facilitaba el tiro continuo, al no verse las trincheras llenas de humo y dificultar la detección del tirador.

Ángel Rivero Méndez escribió en 1922 el libro Crónica de la Guerra Hispanoamericana en Puerto Rico, publicado en Madrid. Esta obra describe muy bien y en primera persona el enfrentamiento naval y, posteriormente, terrestre entre España y Estados Unidos, así como la fuerte evolución en la estrategia militar que sufrió Estados Unidos durante el conflicto, a pesar de la brevedad del mismo.
Pero volvamos al bombardeo de Puerto Rico. A resultas del cañonazo de Rivero, el comandante del Yale escribió un histérico parte en el cual afirmaba que había sido atacado por una embarcación y que, si hubiese dispuesto de mejor artillería, habría podido apresar al adversario. Esta es una táctica que han empleado los militares americanos desde aquellos tiempos: ante un enfrentamiento donde los resultados no son los esperados, se solicitan refuerzos de manera histérica y desproporcionada.

El almirante William Thomas Sampson, en respuesta al documento del Yale, ordenó que toda la flota atacara San Juan de Puerto Rico. La acción se desarrolló durante dos horas, realizando los navíos americanos varias pasadas frente a los fuertes que defendían la ciudad con tan mala destreza que la mayor parte de los proyectiles no cayeron sobre los fuertes militares, sino en zona civil, causando cinco muertos entre la población.
La estadística posterior informa de que los americanos dispararon 1.360 proyectiles, de los cuales el 80 % no llegaron a estallar por ser defectuosos o estar mal montados; un 20 % cayó al mar; un 60 % fue a parar a la ciudad, y solo un 20 % dio en alguna fortificación militar. Se dio el hecho de que llegaron a dañar a un buque francés de guerra, el Admiral Rigaud, que se encontraba en visita de cortesía.
Los españoles dispararon tan solo 441 cañonazos y llegaron a alcanzar al Iowa y al New York. Sampson decidió que el asunto empezaba a ponerse peligroso y alejó sus naves de la costa.

Aquí hay que desmontar otro mito. Las fotografías que acompañan la publicación de Ángel Rivero muestran unas instalaciones militares limpias y en buen estado de uso, así como una población dotada de edificios bien construidos y mantenidos.

Los americanos ganaron el conflicto contando con una abrumadora superioridad de medios y de logística. Podían reponer proyectiles, buques y soldados en poco tiempo, mientras España estaba exhausta tras tres guerras carlistas —que no fueron más que guerras civiles— y carecía de la posibilidad de reponer el material de guerra perdido en combate. Esta forma de batallar se replicó en la Primera Guerra Mundial, durante la Segunda, en los conflictos menores del siglo XX y en los actuales del siglo XXI. Estados Unidos no posee ni buenos oficiales ni adiestra adecuadamente a sus soldados, pero tiene una capacidad abrumadora para sustituir el material bélico perdido y las bajas humanas.

Manuel de Francisco Fabre
Bombardeo de San Juan por EE. UU. en 1898 — Puerto Rico Historic Buildings Drawings Society
1898 COMBATE DE PUERTO RICO – Melilla, Mar y Medioambiente
