
LA ESPADA DE NARVÁEZ
“No tengo enemigos, los he fusilado a todos”, dicen que el Espadón de Loja confesó a un sacerdote desde el lecho de muerte un 23 de abril de 1868. Quizá desde que salió ileso de un atentado en 1843 en la calle Desengaño de Madrid y en el que murió su ayudante, José Barretti, Ramón María Narváez asumió los envites de las luchas heroicas con una frialdad que modelaba aún más su carácter enérgico, autoritario y militar. El ocaso de Narváez se aleja de aquella época de vanidades, de las intrigas palaciegas de la época de Isabel II y se
