
Acostumbrados a las películas americanas sobre el “Far West”, pensamos que Laredo es tan solo una ciudad del oeste americano, famosa por sus altercados entre pistoleros de carácter difícil. Muchos no sabemos que el origen del nombre de dicha población se encuentra en el norte de España, más concretamente en la provincia de Santander. Veamos la historia.
Empecemos el 4 de junio de 1709, en el Valle del Carrizal, Reino de Nuevo León. Para los despistados, una aclaración. El Reino de Nuevo León no era un reino como algunos pueden pensar, sino un territorio administrativo del Imperio español; concretamente, ocupó un área muy similar a la que ocupa hoy en día el estado de Nuevo León, en el actual México. Pues en dicho sitio y en dicha fecha nació Tomás Sánchez de la Barrera, descendiente por parte de padre y madre de los conquistadores y exploradores que doscientos años antes habían llegado a América desde la Península. O sea, era un auténtico criollo.
Como todo criollo de buena familia, su vida fue la milicia, en defensa de su territorio. El Virreinato de Nueva España, al cual pertenecía el Reino de Nuevo León, estaba amenazado en su frontera norte por los ataques de los indígenas apaches y comanches desde el mismo momento de su constitución, pero en el último siglo los franceses, desde La Luisiana, e ingleses, desde el oeste de Canadá, estaban intentando aumentar sus territorios en detrimento del español.

En el primer cuarto del siglo XVIII, la administración española dio orden de organizar de forma sistemática la frontera norte con la creación de los presidios y la reorganización de los legendarios Dragones de Cuera. Tomás, como buen español y criollo comprometido, fue uno de los que más trabajaron para la extensión de la civilización al norte del río Grande. Tenía experiencia en ganadería, ya que había gestionado una hacienda familiar en Coahuila (México), y cuando en 1747 se organizó una gran expedición para colonizar el noroeste del México actual y parte de Texas, Sánchez se apuntó a la aventura y dos años más tarde los primeros asentamientos se establecieron en el norte del río Bravo.

En un primer momento fundó una explotación ganadera al sur del río, pero siguiendo el ejemplo de Vázquez Borrego, que había instalado la hacienda de Nuestra Señora de los Dolores al norte, solicitó hacer algo parecido, pero más arriesgado.
Situarse al norte o al sur del río Grande no era una decisión banal. La región estaba dominada por tribus apaches y sometida a frecuentes razias comanches, y el río hacía de frontera protectora. Los apaches, sobre todo los lipanes, habían entrado en un proceso de sedentarización, pero los comanches se habían negado categóricamente. Para dar una idea de la envergadura del problema y del peligro a que se enfrentaban los nuevos colonizadores, baste decir que todavía había apaches “broncos” en el norte de México a principios del siglo XX, o sea, casi doscientos años más tarde, y que dichos indígenas todavía causaban robos y eran acusados de raptos y asesinatos. Pues si los apaches eran y fueron por mucho tiempo peligrosos, los comanches eran todavía peores.

Originarios del este de Wyoming, los comanches fueron los primeros indígenas que supieron ver las posibilidades de los caballos en la guerra. Las películas americanas nos acostumbran a mostrar ataques de indios vociferantes a caballo. Nada más lejos de la realidad. Apaches, pawnees, crows, dakotas y un largo etcétera solo utilizaban los caballos para el transporte, pero al llegar al punto de combate, este era a pie. Solo los comanches eran capaces de montar y disparar flechas, con un alcance inferior al de un mosquete español, pero sin duda con una mayor cadencia de fuego.

Además de magníficos guerreros y con una gran capacidad de movimiento, los comanches eran refractarios a la vida sedentaria. Vivían en continuo movimiento, lo que provocaba que no pudieran utilizar los beneficios de la agricultura, que además despreciaban. En su sociedad, las mujeres también participaban de la cultura del movimiento a caballo y, por tanto, la tasa de abortos era bastante elevada; ello provocaba que los niños de corta edad fueran bienes muy apreciados y, curiosamente, un pueblo que era tan orgulloso de sus tradiciones no hacía ningún remilgo en aceptar a cualquier nacido fuera de la tribu, siempre que hubiera sido educado desde la infancia en su código de conducta. El resultado de todo ello era que los comanches fueran no solo ladrones temibles, sino también aventajados secuestradores de niños. Siempre que había un ataque a algún colono alejado de la protección presidial, no solo perdía el ganado y probablemente la vida: sus allegados lamentaban la desaparición de la prole.

No fue hasta la llegada de Juan Bautista de Anza Bezerra Nieto, gobernador de la provincia de Santa Fe de Nuevo México, que, después de varias acciones militares exitosas, consiguió un tratado en 1786 que pacificó parcialmente la zona. Pero esto ocurrió treinta años más tarde y a lo que se enfrentaba Sánchez era a un enemigo invisible dentro de un inmenso territorio inexplorado.
Volviendo a Tomás Sánchez de la Barrera, el 15 de mayo de 1755 el entonces gobernador de la provincia del Nuevo Santander, el coronel José de Escandón, primer conde de Sierra Gorda, le concedió el permiso para fundar una nueva ciudad al norte del río Grande, poniéndole como objetivo el río Nueces. Tomás era arriesgado, pero el objetivo era a todas luces descabellado; conocía la zona y declaró que la mejor opción era El Paso de Jacinto, posteriormente llamado “Old Indian Crossing” y actualmente situado en el centro de Laredo, hoy en el sur de Texas.

Una de las condiciones que había impuesto Escandón a Tomás fue que la fundación fuera una “villa de españoles”, lo que quería decir que en la nueva población debía haber familias criollas, de la Península o de alguna de las islas Canarias o Baleares. Tomás solo consiguió convencer a tres familias, pero fue suficiente para cubrir el requisito.
El emplazamiento era inmejorable, ya que se encontraba en un paso natural del río Grande y, por tanto, en un punto natural de comercio. El clima era adecuado y la zona excelente para cultivos, pero sobre todo para la ganadería extensiva. Tomás bautizó a la nueva villa con el nombre de «Villa de San Agustín de Laredo». San Agustín, debido a su particular devoción a san Agustín de Hipona, pero de Laredo se desconoce la razón. Hay diversas teorías al respecto, pero nada se sabe a ciencia cierta sobre esta denominación que rinde homenaje a la homónima villa de Santander. En principio, el asentamiento fue un éxito. Todo era ideal… excepto los vecinos.
Los más cercanos eran los “chichimecas”. Era esta la denominación genérica que los mexicas habían puesto a los pueblos que habitaban al norte de su imperio antes de la llegada de los españoles y significa aproximadamente “bárbaros”. Esta denominación ya da una idea del nivel cultural de las gentes que rodeaban a la incipiente Laredo.

La población creció con rapidez, pero los ataques indios, sobre todo de los lejanos comanches, y los conflictos con los cercanos chichimecas y pimas no dejaron de sucederse. En 1767 se recibió una carta de la Corona española, garantizando y reconociendo la titularidad de la propiedad de las tierras puestas en explotación. Era el momento en que el concejo debía nombrar alcalde y la votación dio como resultado la elección de José Martínez de Sotomayor. Resultó ser una mala elección. Ante los ataques, robos y raptos recurrentes, José Martínez pretendió desplazar la población al sur del río Grande, pero Escandón montó en cólera cuando se enteró y destituyó al alcalde y nombró al fundador, Tomás Sánchez.

La nominación fue un éxito y Tomás consiguió mantener el emplazamiento de Laredo en su sitio original, prácticamente disponiendo de los medios a su alcance y de financiación propia. Murió en Laredo en 1796. Nunca se desvinculó de lo que consideraba su obra. Fue el precursor del negocio de la ganadería vacuna extensiva en Texas y las películas del Oeste reflejan un modo de vida que tiene su origen en este legendario personaje.
Su obra no fue olvidada con los sucesivos traspasos de poder entre España, México y Estados Unidos. En octubre de 1938, la organización local “Texas Centennial Commission” erigió un monumento en su honor justo donde se ubica el punto en el que se fundó Laredo.

Manuel de Francisco Fabre
