LA INTERVENCIÓN BRITÁNICA EN LAS GUERRAS SEPARATISTAS DE AMÉRICA (I)

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Los españoles del siglo XIX no podían concebir cómo pudo producirse la destrucción del Imperio; y en el siglo XXI, al menos este español, tampoco.

A finales del XVIII Francisco de Miranda estaba en Londres, y ahí creó la primera asociación secreta denominada Gran Reunión Americana, que llevaría a cabo una frenética actuación captando e iniciando a un importante número de personas que serían significativas en el desarrollo de los procesos separatistas americanos. Todos los próceres separatistas acabarían perteneciendo a esta o a otras logias masónicas.

En cumplimiento de su labor, presentó en 1800 un memorando al gobierno británico que tenía en cuenta informaciones muy precisas sobre la geografía, clima, pasos estratégicos, idiosincrasia de los hispanoamericanos, etc. Consideraba asimismo la baja condición de la capacidad militar española y se planteaba un asalto en el Río de la Plata.

En base a esas informaciones, Thomas Maitland generaba un proyecto subsiguiente en el que subrayaba que con una fuerza racional Inglaterra tendría capacidad sobrada para la conquista de América.

El plan tenía ya un siglo; ahora sería corregido y actualizado, con indicaciones de todo tipo facilitadas por Francisco de Miranda a Maitland, que se perfeccionó con el concurso de William Pitt, Henry Dundas y Home Riggs Popham, el 12 de octubre de 1804, en el que Popham quedó encargado de preparar un plan de ataque en colaboración con Miranda que abarcaría desembarcos en Nueva Granada y el Río de la Plata, que serían simultáneos a ataques desarrollados contra Valparaíso y Lima.

Era algo que venía a perfeccionar el proyecto nacido en 1711, por parte del Foreing Office británico, titulado Una propuesta para humillar a España, en el que se relataba:

Dada la considerable falta (?) que tienen de estas mercaderías (textiles ingleses), que tanto necesitan el consumo de ellas, aumentaría, porque nuestros productos y tales son irrazonablemente caros (debido a la restricción del libre comercio en ese entonces), por las razones ya mencionadas, y así los pobres y aún los comerciantes, hacen uso de las telas de Quito para sus vestidos y solo los mejores usan géneros y telas inglesas. Pero si, de una vez, nosotros podemos fijar nuestro comercio, por el camino que yo propongo (directamente por Buenos Aires y a través del continente hacia el interior, sin tener que pasar por Cádiz), con seguridad, arruinaríamos, en pocos años, la manufactura de Quito. (Núñez)

Estas actuaciones llevaban largo tiempo gestándose, y en ellas estuvieron involucrados varios personajes, como el jesuita Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, un personaje que, constando como católico, curiosamente, fue muy bien atendido por la corte británica. Llegó a Londres a requerimiento del gobierno británico; y, bajo su auspicio, en 1799 publicaba el manifiesto titulado Carta dirigida a los españoles americanos.

Y la prensa británica aireaba en 1804 una consigna:

A España hay que vencerla en América, no en Europa.

También, el 22 de Diciembre de 1797 se habían reunido en París José del Pozo y Sucre, Francisco Miranda y Pablo de Olavide:

No solo para deliberar conjuntamente sobre el estado de las negociaciones seguidas con Inglaterra en diferentes épocas, para nuestra independencia absoluta. (Acta de París)

Sino para llegar a una serie de acuerdos que quedarían plasmados en un acta que resulta esclarecedora para entender lo que sucedería después. Se detecta en el acta la existencia de acuerdos previos con el reino de la Gran Bretaña, a la que se le abren las puertas sin cortapisa de ningún tipo en lo que se puede entender como pacto para la dominación colonial británica.

Habiendo resuelto, por unanimidad, las Colonias Hispano-Americanas [sic], proclamar su independencia y asentar su libertad sobre bases inquebrantables, se dirigen ahora, aunque privadamente, a la Gran Bretaña instándole para que las apoye en empresa tan justa como honrosa, pues si en estado de paz y sin provocación anterior, Francia y España favorecieron y reconocieron la independencia de los Anglo-Americanos, cuya opresión seguramente no era comparable a la de los Hispano-Americanos, Inglaterra no vacilará en ayudar la Independencia de las Colonias de la América Meridional.

En su artículo segundo es de destacar que reclaman a favor de Inglaterra condiciones de dominio en los territorios liberados; algo que jamás ofrecieron los independentistas norteamericanos como contrapartida hacia España por su apoyo a la independencia de las Trece Colonias. Dice así:

Se estipularán, en favor de Inglaterra, condiciones más ventajosas, más justas y más honrosas. Por una parte la Gran Bretaña debe comprometerse a suministrar a la América Meridional fuerzas marítimas y terrestres con el objeto de establecer la Independencia de ella y ponerla al abrigo de fuertes convulsiones políticas; por la otra parte, la América se compromete a pagar a su aliada una suma de consideración en metálico, no solo para indemnizarla de los gastos que haga por los auxilios prestados, hasta la terminación de la guerra, sino para que liquide también una buena parte de su deuda nacional. Y para recompensar hasta cierto punto, el beneficio recibido, la América Meridional pagará a Inglaterra inmediatamente después de establecida la Independencia, la suma de… millones de libras.

 Se comprometían así a una hipoteca que sigue vigente doscientos años después de haber sido rota la unidad nacional española.

Y los términos de la mentada hipoteca comienzan a señalarse en su artículo quinto, donde se indica:

Se hará con Inglaterra un tratado de comercio, concebido en los términos más ventajosos a la nación británica; y aun cuando debe descartarse toda idea de monopolio, el trazado le asegurará naturalmente, y en términos ciertos, el consumo de la mayor parte de sus manufacturas.

El paso o navegación por el Istmo de Panamá, que de un momento a otro debe ser abierto, lo mismo que la navegación del lago de Nicaragua, que será igualmente abierto para facilitar la comunicación del mar del Sud con el Océano Atlántico, todo lo cual interesa altamente a Inglaterra, le será garantizado por la América Meridional durante cierto número de años, en condiciones que no por ser favorables lleguen a ser exclusivas.

De todos es conocido que, finalmente, el canal sería abierto por EE.UU. Pero eso no dependió de la inexistente independencia Hispanoamericana, sino de un pacto entre iguales: el tratado Clayton-Bówdler entre Estados Unidos de América e Inglaterra, firmado en 1850, en donde se le reconoce a la primera el derecho de hacer un canal.

Volviendo al acta de París, en el capítulo octavo se abren las puertas al banco de Inglaterra:

Las relaciones íntimas de asociación que el Banco de Londres pueda trabar enseguida con los de Lima y de México, para sostenerse mutuamente, no será una de las menores ventajas que procure a Inglaterra la independencia de la América Meridional y su alianza con ella. Por este medio el crédito monetario de Inglaterra quedará sentado sobre sólidas bases.

Y el noveno apunta una nueva hipoteca con los Estados Unidos:

Puede invitarse a los Estados Unidos de América a formar un tratado de amistad y alianza. Se le garantizará en este caso la posesión de las dos Floridas y aun la de la Louisiana, para que el Missisipi sea la mejor frontera que pueda establecerse entre las dos grandes naciones que ocupan el continente americano. En cambio los Estados Unidos suministrarán, a su costa, a la América Meridional un cuerpo auxiliar de 5.000 hombres de infantería y 2.000 de caballería mientras dure la guerra que es necesaria pata obtener su independencia.

En el artículo Once hay otra cesión territorial directa:

Respecto de las islas que poseen los hispano-americanos en el archipiélago americano, la América Meridional solo conservará la de Cuba, por el puerto de la Habana, cuya posesión —como la llave del Golfo de México— le es indispensable para su seguridad. Las otras islas de Puerto Rico, Trinidad y Margarita, por las cuales la América Meridional no tiene interés directo, podrán ser ocupadas por sus aliados, la Inglaterra y los Estados Unidos, que sacarán de ellas provechos considerables.

Destaquemos principalmente estos aspectos. Los hechos posteriores  ― los tratados comerciales, el expolio…― no han sido excesos de británicos y norteamericanos. Todo estaba pactado por los libertadores, sus agentes.

Pero este expolio no puede achacarse solo a los firmantes del Acta de París de 1797, puesto que la misma se llevó a efecto con la anuencia de las logias que laboraban por el rompimiento de España, y que en esos momentos se encontraban diseminados por toda Europa. Entre ellos no hay que olvidar a Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, a Manuel de Solar, a Antonio José Francisco de Sucre y Alcalá, a Pedro José Caro, a Pablo de Olavide, a Antonio Nariño

Hecho este salto atrás para aclarar aspectos, el 4 de Julio de 1808, después de la invasión napoleónica de España y Portugal, se firmó la paz entre España e Inglaterra. Inglaterra cesó las hostilidades contra España en América. Ahora le preocupaba, más que continuar en el acoso de su eterno enemigo, parar los pies al emergente peligro representado por Napoleón; así, el ejército que se había formado para invadir Hispanoamérica fue derivado a la Península para ayudar a la resistencia portuguesa y española. Curiosa situación que presentó como aliado a su eterno enemigo: España, postrada, e Inglaterra, triunfante.

¿Cuál era el fin de la ayuda inglesa? Torpes seríamos si por un momento creyésemos que se trataba de apoyar a España. Bien al contrario, sería una importante base para conseguir su destrucción.

Debemos ser conscientes de que el liberalismo y la masonería no solo actuaban influyendo intelectualmente sobre los separatistas, sino que se infiltraban en todos los órganos de la administración nacional, peninsular y americana, maniatando a España y haciéndola llevar una política errática, cuando no de abandono. Así vemos cómo en 1820 provocan una sublevación como la de Riego, producida en el momento más crítico y cuando se disponía a embarcar hacia América en refuerzo del ejército que combatía a los separatistas.

La oligarquía criolla, como la oligarquía peninsular, se había imbuido de las mismas ideas en Europa, bebiendo de las fuentes de la Ilustración y militando en sectas masónicas. Esas ideas y el desarrollo del mercantilismo al margen de cualquier otra consideración, que era la estratagema británica para hacerse con el control del comercio, hizo nacer en la oligarquía el espejismo de una prosperidad que le prometía la órbita británica.

Desde la Guerra de Sucesión española (1700-1714), en la que la armada española quedó desarbolada y España se vio forzada a permitir a los ingleses el asiento de negros en el Tratado de Utrecht, primero Inglaterra, luego Francia y en menor intensidad Holanda, serán quienes controlen de manera efectiva el mercado hispanoamericano. Esta dependencia económica será la que, finalmente, posibilitará la introducción de los principios mercantilistas de la Ilustración en la oligarquía criolla. No obstante, será un quiste que no trascenderá más allá de sus propios círculos sino hasta 1820, gracias a la actuación decidida de Inglaterra en un doble frente: la actuación de sus esbirros masones en ambos lados del Atlántico y el aporte de aventureros y material de guerra en apoyo de los rebeldes libertadores. Apoyo que, por supuesto no llegó nunca a ser gratuito.

Cesáreo Jarabo

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