
“Con diez cañones por banda, viento en popa a toda vela, no corta el mar sino vuela, un velero bergantín». Estos versos de José de Espronceda, tan conocidos en nuestro país, pertenecen al poema «Canción del pirata» y se encuentran inspirados en la figura de Benito Soto, el pirata nacido en Pontevedra que sembró el terror en el Atlántico durante el reinado de Fernando VII. El pirata más temido del Atlántico era español, fue inspiración de Espronceda y temido por el rey Fernando VII. Este marino gallego logró desafiar a Gran Bretaña, Portugal y España hasta que sus propios errores le condujeron a la horca.

La fama de Benito Soto superó a antiguos como capitanes piratas como François Leclerc, «Pata de Palo», e inauguró una nueva «Edad de oro de la piratería» a mediados del siglo XIX. Su bergantín, «La Burla Negra», inspiró la ficticia «Perla Negra» de los cinematográficos «Piratas del Caribe» y creó la imagen del pirata cruel y sanguinario. Así era Benito de Soto, el pirata más temido del Atlántico.
Benito Soto Aboal nació en Pontevedra el 22 de marzo de 1805, el año que la Armada Española perdió más de la mitad de su flota y a sus mejores capitanes y oficiales en la batalla de Trafalgar frente a las costas de Cádiz, que tuvo lugar tres meses después del nacimiento de Soto y que dio el dominio absoluto del mar a los ingleses durante el siglo XIX. Benito Soto nació en el barrio pontevedrés de A Moureira en el seno de una familia numerosa de catorce hermanos. Su padre, Francisco de Soto Franco, poseía una casa en este barrio marinero, se casó dos veces: con Manuela Aboal, primero, y con la sobrina carnal de ella, Lorenza Aboal, después. Benito era el tercero de los ocho hijos de este segundo matrimonio. De su madre tenemos, quizás, una vaga referencia en testimonio de «Barbazán», uno de los piratas, durante el juicio en Cádiz.

Una de las obligaciones más detestadas los vecinos de A Moureira era el cumplimiento de la «Matrícula del Mar», un sistema de reclutamiento forzoso para dotar a los buques de la Armada española de tripulaciones competentes, que obligaba a los hijos de los marineros, estibadores y pescadores a servir durante seis años antes de comenzar un oficio. Las actividades ilegales pasaban a ser recurso de subsistencia y así el adolescente Soto, de familia marinera humilde, comenzó a combinar la pesca con el contrabando. Soto desertó de la «Matrícula del Mar» y se trasladó al Caribe, ejerciendo de contrabandista en Cuba y probablemente de pirata en la isla Tortuga, el mayor enclave pirata del Mar Caribe. La independencia de Haití en 1805 y la decadencia de la Armada española habían convertido aquella isla diminuta en una suerte de «Estado pirata».

El 22 de noviembre de 1827 zarpa la expedición que será el comienzo de Benito Soto como uno de los piratas de fama mundial entre los más sanguinarios, si no el que más. El 3 de enero de 1828 llega a su destino africano. Durante la travesía Soto se había ido haciendo con la confianza de parte de la tripulación y en la noche del 26 de enero, estando el capitán Sousa Sarmiento en tierra, se amotina al grito de abajo los portugueses. Uno de éstos, el cabo de guardia Manuel José de Freitas, es apuñalado gravemente en el costado, pero no lo rematan. Miguel Ferreira, uno de los cabecillas, propuso matar a todos «los portugueses rendidos», si bien acabaron optando por dejarlos en tierra con la excepción de los ocho que consideraron más útiles. Levaron anclas y se lanzaron de lleno a la piratería tras haber rebautizado el buque como «La Burla Negra». repintando de la nave en color negro después del abordaje al Morning Star para no ser reconocidos.

El riesgo, la exigua paga y las malas condiciones a bordo eran motivos suficientes para que Benito Soto escapase de Pontevedra para evitar el servicio obligatorio comenzando así en el año 1827 su carrera como pirata, cuando con veintidós años, se enroló de segundo contramaestre en la tripulación del bergantín brasileño O defensor de Pedro, una nave que cubría la ruta entre el Golfo de Guinea y Río de Janeiro con las bodegas repletas de esclavos procedentes de Ghana, Togo y Benin.
El comercio de esclavos resultaba un negocio tan ilegal como lucrativo, pero Benito Soto tenía planes aún más ambiciosos. El gallego promovió un motín entre los tripulantes del O defensor de San Pedro y asesinó a su capitán nada más arribar a las costas de Ghana. Aquellos marineros que se opusieron al motín fueron abandonados en tierra.
El 19 de febrero, a los veintitrés días de la salida de Ohué, Soto divisó la fragata mercante británica The Morning Star a la altura de la isla Ascensión; capitaneada por Thomas Gibbs, transportaba un cargamento de ébano, pimienta, canela y café desde Colombo a Londres. Su tripulación, totalmente desarmada, superaba las cincuenta personas, incluidos once militares enfermos, mujeres y niños. El bergantín, mucho más rápido que la fragata, hizo un primer disparo que cayó a la distancia de un cable. El capitán Gibbs pretende la huida, pero un segundo disparo que cayó a sólo una yarda lo decidió a detener el buque siendo abordados. Después, asesinaron al capitán Gibbs y a los marineros prisioneros en la bodega, y pusieron rumbo norte hacia las islas portuguesas de Azores. El buque inglés se inundaba, pero los supervivientes consiguieron salvarlo.

El Morning Star fue su primera víctima, un mercante británico procedente de Ceilán cargado con ébano, pimienta, canela, café y 52 tripulantes entre los que se contaban militares, comerciantes y sus familias. Benito Soto y sus piratas lo asaltaron y después de saquear las bodegas, asesinaron a su capitán y encerraron a las mujeres en los camarotes antes de abandonar el barco a la deriva.
Aunque Benito Soto deseaba acabar con todos los tripulantes del Morning Star, sus propios hombres evitaron la muerte de las mujeres y los hijos de los británicos. Cuando supo de ello, el capitán Soto intentó regresar para acabar el trabajo, pero el Morning Star ya había sido rescatado por un mercante británico y navegaba hacia Inglaterra para informar de la presencia de un nuevo terror en el Atlántico, cuyo objetivo era obtener un botín suficiente para vivir holgadamente, en tierra y durante el resto de su vida.
Soto sabía que el Atlántico Sur era frecuentado por mercantes británicos, portugueses y estadounidenses procedentes de la India con oro y valiosas mercancías, y decidió acecharlos desde la remota isla de Asunción por lo que siguió acechando aquellas aguas durante el invierno de 1828 y llegó a capturar el «Topaz», un mercante estadounidense procedente de Calcuta con las bodegas repletas de salitre, seda, añil y piedras preciosas. Avistaron su segunda presa, la fragata norteamericana Topaz, que fue abordada de modo semejante a como lo había sido el The Morning Star, su capitán fue conminado a firmar frente a Soto un documento a modo de entrega de la mercancía. Decidido a no cometer el mismo error que con el Morning Star, Benito Soto ordenó arrojar por la borda a los 25 tripulantes del Topaz y puso rumbo a las Azores decidido a continuar sus fechorías. El botín logrado en sus dos abordajes hizo pensar a Soto en la conveniencia de volver a casa en la ría de Pontevedra, donde cree que podrá vender fácilmente la mercancía haciéndola pasar por contrabando.

En rumbo a las Azores, cerca de las islas de Cabo Verde, Soto abordó un segundo bergantín inglés cargado de ladrillos, tejas y pipas vacías para ron. Ocho días después, cerca del archipiélago de las Canarias asaltó la bricbarca Sumbury, que viajaba a Saint Thomas. Con las Azores a la vista, abordó el Ermelinda, buque portugués procedente de Río de Janeiro, y ya en las proximidades de la costa española el bergantín inglés New Prospect.
Tres nuevos navíos cayeron en manos de Benito Soto durante su estancia en el archipiélago y las bodegas de La Burla Negra apenas podían soportar la cantidad de botín. Satisfecho con lo obtenido, su capitán decidió esconder su parte en Pontevedra, pero se topó con la oposición de los piratas que deseaban regresar a Río de Janeiro. Benito Soto resolvió el motín arrojando por la borda a su cabecilla, el portugués Domingo Antonio. Después puso rumbo a La Coruña para tratar de vender las mercancías obtenidas durante sus ataques piratas en el Atlántico. Allí sobornó a las autoridades portuarias mientras se hacía pasar por un mercante en apuros, y llegó a dañar a propósito La Burla negra para que el engaño funcionase.

El capitán de La Burla Negra logró desembarcar su tesoro en Pontevedra gracias a la ayuda de sus familiares y dio lugar a la leyenda pontevedresa del tesoro de Benito Soto. El botín jamás fue encontrado, pero durante siglos se creyó escondido en la Casa de las Campanas, un palacio gótico que todavía puede visitarse en el centro histórico de Pontevedra. Tanto en Pontevedra como en La Coruña, y más adelante en la llegada a Cádiz, los inspectores no pusieron objeción alguna a la documentación amañada ni prestaron atención a los numerosos indicios de ilegalidad en la mercancía y tripulación. La facilidad con que se desarrollaron los trámites de entrada y la prontitud con que se descargó el botín no se explican sin la existencia de autoridades sobornadas, pues, en palabras del propio Soto, «en España se vendía hasta el último clavo» y «lo que en ella no hacía el dinero, ni Dios Nuestro Señor era capaz de hacer.
El 3 de junio de 1904, durante la campaña de pesca en la almadraba de San José (Cádiz), un tal «Malos Pelos» encontró unas monedas en la arena. Se corrió la voz y todo el pueblo se llevó monedas a casa. Según algunos, eran restos del tesoro del Burla Negra, unas mil quinientas monedas de a ocho reales de curso legal del reinado de Fernando VI, acuñadas en México a mediados del siglo XVIII. Conocidas como monedas «de ambos mundos», porque en su reverso figuraban dos esferas terráqueas, o «duros antiguos» por su semejanza con las monedas de cinco pesetas, desde entonces fueron popularmente llamadas «calderilla de Benito Soto». Al año siguiente, Antonio Rodríguez, «el Tío de la Tiza», compuso un tanguillo titulado «Los duros antiguos», himno oficioso del carnaval gaditano.

La ciudad-isla era el principal puerto de España por aquel entonces y Benito Soto logró vender La Burla Negra y todas sus mercancías sin llamar la atención de las autoridades. No obstante, el comportamiento de los piratas una vez instalados en Cádiz, permanente borrachos y gastando sin pudor el botín logrado, provocó la desconfianza de las autoridades gaditanas y su orden de apresamiento, pero Benito logró escapar a Gibraltar cuando sus primeros hombres comenzaban a caer en manos del gobernador de Cádiz y trató de esconderse entre los muchos españoles que evitaban la justicia real en territorio británico. Sin embargo, el destino tenía una revancha reservada para Benito Soto. Nada más pisar Gibraltar, fue detenido y acusado del saqueo del Morning Star, su primera captura, y tuvo que presenciar cómo tres supervivientes daban testimonio de su crueldad. Fue condenado a morir en la horca por la ejecución u ordenamiento de 75 asesinatos comprobados y 10 embarcaciones saqueadas o hundidas.

Cinco días después de ser condenado por asesino y pirata, el gallego Benito Soto Aboal, capitán de «La burla negra», salió de su celda para ser ejecutado en Gibraltar por la justicia británica. A las 9 de la mañana del 25 de enero, llegó al lugar de ejecución en las inmediaciones del Castillo de los Moros donde se habían formado grupos de personas para presenciar el ajusticiamiento. La lluvia que caía aquel día invernal empapaba sin compasión al reo, al cura español que lo asistía y a la multitud que se amontonaba en torno al cadalso. A sus 25 años de edad, el gallego Benito Soto Aboal iba a morir ahorcado. La actitud del condenado, con un crucifijo en la mano era firme y serena. Subido a la carreta arengó a los presentes aceptando su destino. Según el historiador de la piratería Philip Gosse «subió al ataúd para colocarse él mismo la soga alrededor del cuello, y gritando «adiós a todos» se arrojó al vacío».
El pirata que inspiró a Espronceda, Stevenson y Disney acabó sus días en la horca, donde suelen acabar las historias de corsarios. Su ejecución en Gibraltar pronto llegó a oídos de la prensa española, quien lo utilizó como ejemplo de la maldad humana y de la efectividad de la justicia real. El propio Fernando VII sonrió al conocer la suerte de Benito Soto, pero los versos de Espronceda concedieron la vida eterna al pirata más temido del Atlántico. En la Moureira de la Barca de Pontevedra hay la calle Benito Soto que enlaza Jofre de Tenorio y san Guillermo.

Jaime Mascaró Munar
