Dionisio José Hernández Oliva, un hombre bueno

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La historia de nuestro país se ha forjado durante siglos a través del esfuerzo, el valor y, en no pocas ocasiones, la sangre de aquellos a los que la vida hizo recaer sobre sus hombros el peso de la gloria patria. Los libros están repletas de biografías que han permitido conocer sus historias e incluso alcanzar público reconocimiento por lo que hicieron, aunque no siempre ni seguramente en el grado que les correspondería, algo que tampoco nos debería sorprender. Al fin y al cabo, esto es España.

Por supuesto, no están todos los que son, por este motivo quería hablarles de un hombre bueno: Dionisio José Hernández Oliva (1913-2002), coronel honorífico del ejército de tierra y, para mayor orgullo de quien esto suscribe, mi abuelo, nacido en La Orotava (Tenerife) un 8 de abril en el seno de una humilde familia de agricultores cuyo horizonte no avistaba más allá de unos palmos de tierra y los caprichos del señorito de turno.

“Yo tengo clavada en la conciencia, desde mi infancia, la visión sombría del jornalero. Yo le he visto pasear su hambre por las calles del pueblo, confundiendo su agonía con la agonía triste de las tardes invernales; he presenciado cómo son repartidos entre los vecinos acomodados, para que estos les otorguen una limosna de trabajo, tan solo por fueros de caridad; los he contemplado en los cortijos, desarrollando una vida que se confunde con las de las bestias; les he visto dormir hacinados en sus sucias gañanías, comer el negro pan de los esclavos, esponjado en el gazpacho mal oliente, y servido, como a manadas de siervos, en dornillo común.”, B. Infante (Infante, 1915, ed. 1976: 122-123)

En la vida hay hombres anodinos que se ven arrastrados por la cruda realidad impuesta, y luego están los otros que se rebelan contra su destino a base de coraje y trabajo. Hernandez Oliva perteneció a este segundo grupo por derecho, basten dos ejemplos: cuando estudiar era una quimera para la gran mayoría, él obtuvo el bachillerato estudiando por las noches; y cuando abandonar la alargada sombra feudal que representaba la figura del terrateniente no era más que un sueño inalcanzable, él supo encontrar en el ejército––Academia de Zaragoza y Segovia–– la vía de escapatoria para luchar por una vida mejor, que no más sencilla. Aquellos fueron años duros, muy duros, una prueba hercúlea de sacrificios y la vista fija en un objetivo: el de no parar hasta alcanzar la meta propuesta. Y lo logró, vaya que sí, y con honores: teniente de artillería, mérito suficiente como para que ya nadie se atreviera a negarle nunca más la entrada al Casino de La Orotava, un símbolo por aquel entonces de la brutal división entre clases sociales.

Alumbraba así la mitad del siglo cuando el por entonces capitán Hernández Oliva, ya felizmente casado, se embarcó en la mayor aventura de su vida: África.

1912-1952. LOS ANTECEDENTES DEL PROTECTORADO ESPAÑOL DE MARRUECOS.

Francia e Inglaterra, las dos potencias coloniales más relevantes de la época, se disputaban el imperio cherifiano. Esta rivalidad tuvo como consecuencia directa que el 30 de marzo de 1912 el sultán Mulay Fafid firmara con Francia el Tratado de Fez, en el que se pactaba el protectorado de Marruecos. En dicho acuerdo Francia reconocía a España el territorio de la zona norte de Marruecos, estableciéndose de esa manera el Protectorado español, con capital en Tetuán.

En febrero del año 13 comenzó la ocupación formal del territorio por parte del general Alfau Mendoza, hecho recogido en la prensa bajo esta sugerente portada: «La bandera de España tremola al viento sobre la Alcazaba de Tetuán como 53 años ha», recordando así la gloriosa entrada realizada en 1860 por don Juan Prim, el héroe de Castillejos.

A comienzos de siglo la resistencia rifeña dio lugar a dolorosas derrotas, como en el Barranco del Lobo (27/7/1909). No sería hasta después del paréntesis de la I Guerra Mundial cuando el general Dámaso Berenguer estableció la paz en Anyera, El Haus y Wad Ras, extendiendo los territorios dominados hasta el Gorges, Ben Karrich, NBeni Hasan y Xauen. Todo parecía indicar que la pacificación definitiva había llegado al Protectorado, sobre todo tras la expedición del general Silvestre hacia el interior del Rif. Pero la realidad era bien distinta, porque un gran número de tribus rifeñas, liderados por el cadí Abd el-Krim, no acataban la autoridad española, recrudeciéndose de nuevo un conflicto que alcanzó su punto más álgido en el conocido como Desastre de Annual, en 1921, debacle española cuya respuesta llegaría cuatro años después ––Dictadura de Primo de Rivera mediante–– con el Desembarco de Alhucemas, lo que supondría el fin de las guerras de Marruecos, el inicio de la pacificación definitiva de la zona y su articulación administrativa.

La II República solo trajo dos cambios en África: la concesión de la nacionalidad española a los judíos y la ocupación de Ifni en 1934. Luego llegaría el 17 de julio del 36, cuando se inició en Melilla la sublevación militar, propagándose dos días después por el resto del protectorado con la llegada del general Franco para hacerse cargo del ejército de África, cuyo paso al territorio metropolitano sería clave en el desarrollo de la sublevación y consecuente Guerra Civil.

Acabada la contienda civil llegó la II Guerra Mundial. España se declaró neutral, pero también se vio afectada por los acontecimientos. Con el desembarco aliado en el Marruecos francés en el año 42, los marroquíes tuvieron la oportunidad de fundar partidos políticos en todo el territorio, también en el Protectorado español, y con ellos nació la reclamación de independencia, cuyo primero gesto vendría de Mohamed V, al rehusar las decisiones del delegado de Francia en la zona, dibujando un panorama que se podría calificar de auténtico polvorín, justo cuando arribaba desde Ceuta a tierras africanas el capitán e Interventor de Cabilas Dionisio Hernández Oliva.

1950-1956. UN HOMBRE BUENO.

La organización política del Protectorado se organizaba mediante una Alta Comisaría, y de ella emanaban las órdenes e instrucciones. El alto comisario estaba asistido por diversos departamentos––Asuntos Indígenas, Fomento y Hacienda––, en los que existía un interventor territorial en cada una de las regiones, representado directamente a la Delegación de Asuntos Indígenas, continuando el escalafón los interventores comarcales y los locales. Por otra parte, el mantenimiento del orden estaba a cargo de los Regulares y de la Policía Indígena, mientras que en lo referente al aspecto militar, el alto comisario estaba asistido por tres comandantes, con sede en Ceuta, Melilla y Larache.

Hemos dicho que Hernández Oliva hacía las funciones de interventor, pero ¿en qué consistía la Intervención? Básicamente en la “fiscalización del uso que de su autoridad hacen las jerarquía indígenas”(CORDERO TORRES; 1942-1943, VOL II, pág 5). A modo de escueto resumen, señalaremos que durante esos años, Hernández Oliva ayudó al desarrollo de las tribus de las cabilas de la zona, empleando su experiencia en el campo para mejorar cuestiones relacionadas con la salubridad, higiene, incremento de la riqueza agrícola y otras de utilidad pública y de carácter social. Tan buen trabajo hizo que entre moros y  subordinados se le empezó a conocer por el apelativo de José “el bueno”.

Mientras tanto, en el ámbito geopolítico las cosas andaban revolucionadas. En el año 1952 Francia depuso al sultán y lo desterró, sustituyéndolo por otro, una decisión a la que España mostró su descontento por no haber sido informada previamente y que fue respondida en 1954 cuando Franco declaró que el Protectorado español permanecería bajo la soberanía del jalifa, cargo nombrado directamente por el sultán. Para complicar más el asunto, en 1955 Thami El Glaoui y las autoridades francesas en Marruecos, respaldadas por el alto comisario Rafael García Valiño, propusieron ofrecer provisionalmente el trono de Marruecos entero al jalifa. Se instauró la inestabilidad en la zona francesa, hasta el punto que las autoridades galas terminaron por ceder, permitiendo el regreso del sultán ese mismo año. Doce meses después, el 2 de marzo de 1956, Mohammed V consiguió finalmente el reconocimiento de la independencia de su país por parte de Francia, lo que suponía el primer paso para la caída del Protectorado español.

1956. SEIS BALAS.

El 7 de abril de 1956, para gran alegría de Mohammed V, reconocido enemigo de todo lo que oliera a español, se acordó desde España reconocer la independencia de Marruecos, una decisión que podríamos calificar, en el mejor de los casos, de improvisada y a la carrera, según atestigua la memoria de los que allí lo vivieron al verse obligados a abandonar aquellas tierras a toda prisa, en lo que supuso una desbandada general sin orden ni concierto, como si aquello fuera un ensayo de lo que sucedería años después en el Sahara español.

Abril de 1956. Arrecia el sol africano cuando comienzan a escucharse disparos en la casa de los Hernández Neira. Con un ojo pendiente en sus bordados y el otro puesto en sus dos hijos de 7 y 4 años, Julia Neira cree escuchar disparos en las calles de la villa de Temsamam, a 270 kilómetros de Tetuán. Inquieta, corre en busca de su marido. Son fuegos artificiales, Julita, responde él para restar importancia, aunque en su interior algo le dice que no es así. Cuando llega a la Comandancia, el capitán Hernández Oliva descubre que la independencia de Marruecos es un hecho y que se está produciendo la retirada del ejército de forma completamente desorganizada, sin que hayan órdenes que asumir ni queden superiores a los que obedecer. Tan solo permanecen en su puesto el capitán, un teniente y la escasa guardia mora que sigue fiel a España, apenas un puñado de hombres en mitad de un país enemigo y bien armado.

La conclusión es rápida, concluye Hernández Oliva: hay que huir a Tetuán, pero su sentido del deber le recuerda que antes hay mucho que hacer. Lo primero, sin duda,  es poner a salvo a su mujer y a los niños, así que los sube a toda prisa un autobús repleto de moros con destino a la capital. El calor y el miedo, razonable pero controlado, presiden la despedida con su esposa a las puertas del vehículo, conscientes ambos de que quizás sea la última vez que se vean. No queda tiempo más que para una mirada y unas pocas palabras. Medidas, exactas y terribles:

––Seis balas tengo en mi pistola ––dice el capitán con el aplomo de los hombres de verdad––. A cinco me llevo por delante, la sexta la guardo para mí.

El resto es historia. Julia Neira y sus hijos llegaron a Tetuán sin complicaciones, mientras Hernández Oliva y el teniente, tras dejar la Comandancia en orden y, previo paso por la iglesia de los franciscanos para dejar en donación todo el dinero que había quedado en el puesto de mando, abandonaron Temsamam en coche en dirección a la capital por una carretera abarrotada de puestos de control moros. En todos los detuvieron, en todos los reconocieron–– es José, “el bueno”, decían cada vez que les obligaban a bajar las ventanillas para identificarse––, y en todos los dejaron pasar sin que nadie se atreviera ni a alzar su fusil como señal de respeto.

Finalizado el Protectorado, Hernández Oliva y su familia se instalaron en Madrid, en la llamada Colonia de los americanos. Luego vino la triste enfermedad de su esposa, la alegre independencia de sus hijos y el merecido retiro después de tantos años de servicio a su patria. A mediados de los 70, su hija tuvo un nieto, un niño al que de pequeño le encantaba ponerse la gorra de plato, la faja roja y la guerrera de su abuelo para luchar junto a él contra guerreros imaginarios. Ese muchacho es el que esto escribe, alguien que, con mucho menos valor que el demostrado por el protagonista de este artículo, hoy se limita a luchar en las trincheras de la palabra para defender y honrar a aquellos que, como ese hombre bueno al que tanto debo y tanto quiero, han hecho grande a España.

Ricardo Aller

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