Santiago de Liniers y Bremond y la revolución de mayo

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Santiago De Liniers nació en Niort (Francia), el 25 de julio de 1753 y murió en Córdoba del Tucumán (Argentina), el 26 de agosto de 1810.

Hijo de  marino, era señor de Grand-Breuil, la Vallée y otros lugares; por línea materna descendía del añejo y noble linaje de los Brémond d’Ars.

Embarcó el 6 de mayo de 1775, como aventurero, en el navío San José, con el que participó en la expedición a la conquista de Argel,  y el 16 de noviembre ingresó en la Real Compañía de Guardias Marinas, alcanzando el empleo de alférez de fragata el 3 de marzo de 1776.

Con el marqués de Casa-Tilly, transportó tropas para la ocupación de la isla de Santa Catalina. Participó  en la conquista de la colonia de Sacramento el 5 de junio de 1777, y en  1779 tomó parte en la escuadra de Luis de Córdova que operó en el canal de la Mancha en un combinado con Francia contra Inglaterra, y tomaría parte en la operación que, también comandada por Luis de Córdova resultaría definitiva para la independencia de los Estados Unidos, apresando un convoy de 55 barcos.

Tomó parte en la reconquista de Menorca bajo el mando de Buenaventura Moreno, donde apresó dos fragatas inglesas, lo que le reportó el ascenso a teniente de navío, y en el sitio de Gibraltar, donde ganaría el ascenso a  capitán de fragata el 21 de diciembre de 1782, constituyendo éste su tercer ascenso por méritos de guerra en poco más de un año.

Entre 1785 y 1788 se dedicó a cartografiar las costas españolas bajo el mando de Vicente Tofiño de San Miguel, tras lo cual fue a Montevideo, y luego, en 1788 sería capitán de puerto en Río de la Plata, donde contraería segundas nupcias. 

El 17 de enero de 1792 ascendió a capitán de navío con destino en Montevideo, con cuyo rango mandaría en 1796 las cañoneras en la nueva guerra contra Inglaterra y ampliaría la fortaleza de Montevideo.

En 1802 fue gobernador de Misiones, y en  1804 fue nombrado jefe de la estación naval de Buenos Aires, donde a principios de 1806, en la ensenada de Barragán, rechazó varios buques ingleses del pirata británico Popham.

Los ingleses entraron río arriba, y el 24 de julio, Beresford, al mando de unos 1.600 hombres, desembarcó en una zona que había sido estimada impracticable: la ensenada de Quilmas, desde donde avanzaron sin oposición, tomando Buenos Aires el día 27.

El Times de 15 de Septiembre de 1806 proclamaba:

Mediante nuestro éxito en La Plata, donde un pequeño destacamento británico ha tomado una de las mayores y más ricas colonias de España, Bonaparte debe estar convencido de que nada sino una rápida paz puede impedir que toda Hispanoamérica le sea arrebatada a su influencia, y puesta bajo la protección del Imperio Británico. ¿Hacia qué región del mundo habitable podría él mirar entonces en busca de barcos, colonias y comercio?

La verdad es que la generosidad británica no podía sufrir menoscabo, por lo que en breves fechas se transportaba a Gran Bretaña los productos de su comedimiento: 1.086.000 dólares, equivalentes a 30 toneladas de plata. El total de la captura alcanzaba unos 3.500.000 dólares.

El suegro de Liniers, Martín de Sarratea dio una recepción a los invasores. A ella asistiría Santiago de Liniers, pudiendo darse cuenta de la organización del enemigo, tras lo cual, con el vasco Martín de Álzaga, el criollo Juan Martín de Pueyrredón y el gobernador de Montevideo, Ruiz Huidobro, comenzó pronto la reconquista, que duró cuarenta y ocho días.

El 12 de Agosto, en una operación relámpago, eran expulsados los ingleses por tres columnas del ejército comandadas respectivamente por Liniers, Gutiérrez de la Concha y Agustín de Pinedo. Por esta acción Liniers fue ascendido a brigadier.

Beresford y los oficiales ingleses fueron enviados a Luján, Córdoba, San Luis y Santiago de Estero; tuvieron libertad de movimientos, lo que les permitió seguir conspirando con los representantes de Francisco de Miranda, en concreto con Saturnino Rodríguez Peña y Manuel Aniceto Padilla, quienes le propusieron liberar a los británicos y que Inglaterra se convirtiese en garante de la independencia, lo cual, detectado por Liniers, significó que Beresford y otros ingleses fuesen desterrados a Catamarca, de donde fueron liberados gracias a la traición de Rodríguez Peña y de Padilla. Casualmente, Rodríguez Peña recibía una asignación del General Whitelocke y una pensión del gobierno británico.

Pero seis meses después, y tras un asedio de quince días, los ingleses tomaron Montevideo a primeros de febrero de 1807, en cuyo socorro partió Liniers desde Buenos Aires, siendo rechazado en la Ensenada por las tropas del general  Whitelocke. Pero no siendo una derrota total, Liniers reagrupó las tropas, fortificó edificios de Buenos Aires y organizó una línea defensiva a 10 kilómetros de la ciudad.

Ilustres ciudadanos alistados para defender vuestro patrio suelo; cuerpos veteranos y marinos que tantas veces habéis regado con vuestra sangre la gloriosa carrera de las armas; respetable cuerpo de inválidos que con tanta bizarría me habéis pedido armas para sacrificar hasta vuestro último aliento, rechazando á los enemigos de nuestra patria, de nuestra religión y de nuestra felicidad: he visto en la tarde de ayer sobre vuestros semblantes cifrada la victoria. Unos cuantos miles de despreciables enemigos se atreven á insultarnos, fundando su loca persuasión sobre la poca energía que nos suponen. Haced que con el escarmiento de su ruina aprendan á respetar con la Europa entera el valor y la constancia española.

Doce mil ingleses comenzaron su avance el 28 de junio desde la ensenada de Barragán, y el 1 de julio tenían Buenos Aires a la vista. El día 3 las tropas españolas se retiraron a la ciudad; el día 5 iniciaron los ingleses el ataque, que se encontró con una resistencia numantina que en un solo día ocasionó más de 4.000 bajas al ejército de John Whitelocke, que se vio forzado a pedir negociaciones que fueron saldadas con un  acuerdo el día 7: los ingleses podían embarcar con sus armas y Montevideo se entregaría a los españoles.

El triunfo frente a esta segunda invasión fue gracias al apoyo popular, que en  Cabildo Abierto de 10 de febrero 1807 nombró a Liniers virrey interino, cargo en el que sería confirmado en mayo de 1808.

El ejército británico había sido rechazado, pero se tomaron medidas para el control de sus agentes, que actuaban generando discordias que, como la ocasionada por el general Francisco Javier Elío, comenzaban a ser de singular importancia. Elío acusó a Liniers de afrancesado, sin tener en cuenta algo que con seguridad conocía: Rechazó la llamada de Napoleón para reconocer como rey a José I. Pero el Cabildo Abierto de Buenos Aires, propiciado por Elío y liderado por Martín de Alzaga, exigió su renuncia el 1 de enero de 1809, y como no podía ser de otro modo, la Junta de Cádiz designó a Baltasar Hidalgo de Cisneros.

Inglaterra acababa de situar en el virreinato de la Plata un puntal de esencial importancia para la consecución de sus objetivos. El Virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros sería el bastión con el que contaban los comerciantes ingleses en Londres y sus operadores en Cádiz y Buenos Aires, dedicados, como venía siendo tradicional, al contrabando de productos británicos de baja calidad y, a partir de ahora, al saqueo de la ganadería y al robo de la plata del Potosí.

Poco tardó Cisneros en cumplir con los primeros objetivos de su misión, decretando el libre comercio en el virreinato, que haría público el 6 de noviembre de 1809.

También durante este 1809 se presentó el  Memorial de agravios o representación del cabildo de Bogotá a la suprema Junta Central de España compuesto por Bolívar, Camilo Torres y Zea. En el mismo señalan que:

América y España son dos partes integrantes y constituyentes de la monarquía española, y bajo este principio y el de sus mutuos y comunes intereses, jamás podrá haber un amor sincero y fraterno sino sobre la reciprocidad e igualdad de derechos. Cualquiera que piense de otro modo, no ama a su patria, ni desea íntima y sinceramente su bien. 

Para acallar las protestas contra Hidalgo, Liniers hizo público un comunicado alabando las virtudes de su sucesor y se marchó a Córdoba donde Cisneros acabó pidiéndole ayuda tras la destitución de que fue objeto el 25 de mayo por parte de la Junta de Buenos Aires.

Para la concurrencia se imprimieron 600 invitaciones, de las cuales se repartieron 450 y solo asistieron 250. ¿Cómo explicar esta fuerte ausencia en un momento donde se definiría el futuro de la patria? Es que muchos de los invitados pertenecían a las «familias decentes» y temían por su seguridad. El mismo Virrey Cisneros denunció que el «vecindario, temiendo los insultos y aun la violencia» no se animaba a salir de sus casas. El pueblo en las calles intentaba por todos los medios que el Cabildo se definiera a favor de una Junta democrática. De esta manera se consiguió que muchos patriotas no acudiesen a la cita al tiempo que se procuraba la concurrencia de los anglófilos, por lo que las entradas fueron facilitadas a los revolucionarios para garantizar el éxito.

Entre los que organizaron la encerrona, lógicamente, estaban los agentes británicos más significados: Belgrano, Rivadavia, Manuel García, Castelli, Mariano Moreno, en representación de los contrabandistas y, en general, de los intereses británicos.

Poco les importaba la representatividad que decían reclamar. En aquellos momentos, Buenos Aires contaba con una población que rondaba los 50.000 habitantes, y se arrogaron todos los derechos los 225 invitados, apoyados por 272 nuevos firmantes, a los que, según señala Roberto Marfany se sumaron los seiscientos encapuchados y armados suministrados por French y por Beruti.

Cornelio de Saavedra asumía el poder, pero Paraguay, Uruguay, Salta, Córdoba o Charcas, se alinearon con el Consejo de Regencia, dando lugar a un enfrentamiento militar en el que las fuerzas separatistas vencieron a los realistas dirigidas por el ex virrey Liniers, que desde su residencia y con el apoyo del cabildo de Córdoba se dispuso a neutralizar la revolución; no por apoyar a Hidalgo de Cisneros, que representaba intereses ajenos, sino por entender que los componentes de la Junta, a los que conocía perfectamente, eran elementos indeseables aliados de los ingleses.

Moreno tradujo el contrato social de Rousseau y se manifestaba como un adalid de Inglaterra al tiempo que señalaba la dependencia que de ésta tenía el movimiento secesionista, en cuyo beneficio señalaba que, como agradecimiento, debía serle entregada la isla Martín García, situada en medio del Río de la Plata, aspecto que, lógicamente, sería rechazado por Inglaterra, cuyas aspiraciones, como es evidente, eran mucho mayores.

Mariano Moreno ejercería una acción violenta contra sus adversarios, los partidarios del deán Funes, que en 1811 sufrieron una persecución en regla con juicios, destierros y proscripciones, seguidos de revoluciones, las cuales fueron apagadas con un alzamiento militar organizado por la logia Lautaro, entre los que se encontraban Alvear y San Martín, en octubre de 1812.

Fuese lo que fuese la Lautaro, lo cierto es que la Junta de Buenos Aires estaba compuesta por los siguientes miembros: Mariano Moreno, representante de los intereses ingleses; Castelli, primo de Belgrano, defensor de intereses ingleses; Manuel Belgrano, con intereses ganaderos; Miguel Azcuénaga, masón; Manuel Alberdi, masón; Domingo Matheu, comerciante catalán ligado a intereses ingleses; Juan Larrea, catalán, armador ligado a intereses ingleses; Juan José Paso, amigo íntimo de Moreno, representante de los intereses ingleses.

Hay quien salva el buen nombre de algunos implicados en la revolución de Mayo indicando que lo que les movía era la defensa de la Patria frente a Napoleón. En ese grupo pueden encontrarse personas como Cornelio Saavedra, presidente de la Junta Provisional Gubernativa de las Provincias del Río de la Plata o Tomás Manuel de Anchorena, secretario que fue de Belgrano. Pero esa afirmación es más que dudosa.

Sin embargo, lo que resulta evidente es que la Revolución de Mayo no obtuvo la independencia efectiva del país, sino que sirvió de catapulta de los comerciantes británicos para romper la unidad nacional e imponer el dominio de Inglaterra.

El caso es que el Virrey Cisneros fue obligado a dimitir el 25 de Mayo, y acto seguido comunicó lo sucedido a Liniers, ordenándole actuase en consecuencia, al tiempo que el Mutine fue invitado a anclar en el puerto de Buenos Aires, cuya fortaleza había arriado el Aspa de San Andrés española e izado la Union Jack británica… La buena fe de los buenistas no les hizo variar su actuación ante este hecho, que ya debían conocer de antemano, puesto que el acta de la Junta de Gobierno del Primer Gobierno de las Provincias Unidas fue redactada por Alexander Mackinnon.

No era cualquier inglés que buscaba quedar en la historia como liberador de Buenos Aires. Él había fundado la «British Commercial Room».

Queda manifiesto que lo que no pudieron conseguir los piratas William Beresford en 1806 ni John Whitelocke en 1807, lo conseguían los agentes locales con la Revolución de Mayo: Buenos Aires se rendía a los británicos sin disparar un solo tiro.

Santiago de Liniers atendió la indicación de Cisneros, quien, a pesar de mantener con él una abismal diferencia, salió a combatir a los juntistas. Las tropas de Liniers fueron vencidas y él se refugió en Villa del Chañar, cerca de Córdoba, donde sería hecho prisionero junto al capitán de navío Gutiérrez de la Concha. Aquí empezaría su peculiar calvario que acabaría con su vida antes de que sus múltiples adeptos intentasen rescatarlo.

Era un prisionero peligroso que amenazaba levantamientos contra la Junta. La solución al problema la encontraron los próceres, que ya habían actuado en ese sentido desde la última intentona británica de 1807 confinando en Córdoba a un número importante de soldados ingleses que se habían integrado en la comunidad.

A los próceres no les resultó difícil implicarlos en el asesinato de Liniers, conociendo que era el responsable de su derrota vergonzosa; y, gustosos, el 26 de agosto de 1810 lo fusilaron junto a cinco de sus compañeros, a los que, como a Liniers, habían martirizado previamente. Los cadáveres fueron enterrados en una fosa común.

El tiro de gracia se lo dio Domingo French, a quien Liniers le había dado el grado de teniente coronel, y que era responsable de la comunicación entre las logias masónicas de Nicolás Rodríguez Peña y Julián Segundo de Agüero, el cura Agüero.

En las ropas de Liniers se encontró su despacho como Virrey firmado por el rey, que Castelli ordenó quemar: estaba el papel tinto en sangre.

Y todo debía ir debidamente ordenado, pues el fusilamiento en unión de Gutiérrez de la Concha y otros, fue ejecutado sin previo juicio; fue ordenado por el secretario de la Junta, Mariano Moreno, y fue llevado a cabo por el coronel Antonio González Balcarce, el 26 de agosto de 1810 en el lugar conocido como Monte de los Papagayos, cerca de Cabeza del Tigre (Córdoba).

La junta estaba dirigida por el presidente de la delegación británica, y la acusación que justificó el asesinato era de traición y deserción, pero Liniers no fue un traidor, sino un patriota que siempre fue fiel a la Corona Española y que solo cometió el error de fiarse del Virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros.

De los sucesos ocurridos con ocasión de la sublevación de mayo parece deducirse que su móvil no fue otro que el asesinato de quienes se habían levantado contra los ingleses en 1806 y 1807.    

El problema es que esa clase dirigente, conformada por contrabandistas, no deseaba el triunfo de Liniers, sino de Inglaterra, la cual, si desde el siglo XVI había llevado una constante actuación de piratería, desde el último cuarto del siglo XVIII había optado por otras medidas, reflejadas en el Plan Maitland. Un proyecto de varias décadas que finalmente sería llevado a cabo por José de San Martín.

Es de destacar la actividad de los quintacolumnistas británicos que se habían aliado en 1806; sirvieron a su cometido en 1807 y no cejaron hasta asesinar a Santiago de Liniers, artífice de los anteriores fracasos británicos.

Como un héroe de España, los restos de Liniers reposan hoy en el cementerio de marinos ilustres de San Fernando en Cádiz.

Cesáreo Jarabo

BIBLIOGRAFÍA:

Barrios Pintado, Feliciano. Santiago de Liniers y Bremond. https://dbe.rah.es/biografias/12075/santiago-de-liniers-y-bremond

González, Julio C: La Involución Hispanoamericana. De Provincias de las Españas a Territorios Tributarios. http://es.scribd.com/doc/61200723/resumen-involucion-hispanoamericana

GONZÁLEZ Fernández, Marcelino. LINIERS, JEfE DE ESCUADRA, vIRREY DEL RÍO DE LA PLATA Y MÁRTIR DE SU DEBER. https://armada.defensa.gob.es/archivo/rgm/2009/08/cap11.pdf

Espasande, Mara: La lucha por la primera independencia.  http://microcredito.org.ar/archivos/manual_madretierra1.pdf

Marfany, Roberto H: Genealogía. Hombres de Mayo. http://bicentenariodistinto.blogspot.com.es/2015/01/somos-indios-pobres-pero-no-era-asi.html

Pampero, Juan: Enfermérides argentinas. http://bicentenariodistinto.blogspot.com.es/

Terragno, Rodolfo: Maitland & San Martín. https://www.casadellibro.com/ebook-maitland-y-san-martin-ebook/9789500739900/2033833

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