¡A buenas horas, mangas verdes!

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Escudo Real

La situación en la España de los RR. CC. era de un caos más que llamativo. La guerra civil que precedió a la toma de posesión de los reinos por parte de los Reyes había propiciado que numerosos nobles se convirtiesen en verdaderos bandoleros. En Castilla los facinerosos cortaban caminos y asaltaban a los viandantes y comerciantes, así como extorsionaban, cuando no saqueaban, a los agricultores. En Aragón reinaba una especie de mafia nobiliaria que controlaba las organizaciones de delincuentes. Así pues, la Corona precisaba poner paz y controlar el orden y la seguridad en todos los territorios que la conformaban.

En alguna medida, existían algunos precedentes de los cuales echaron mano los reyes cristianos en distintas épocas ante similares desórdenes. Así, Alfonso VI de León, en el siglo XI, ya concedió privilegios para que, en los montes de Toledo, se formasen organizaciones similares a las cofradías para, con gente armada, defender a los pueblos de los ataques de los nobles y de los “golfines” que merodeaban por aquellas tierras. Fernando III el Santo, en 1245, creó hermandades policiales en aquellos lugares que consideraba estratégicos para defender a las poblaciones de la delincuencia, como Ciudad Real y Talavera de la Reina. Mientras tanto en el Condado de Barcelona se formaron los llamados “Somatén” y en Navarra la hermandad recibió el nombre de “Orde”.

Llegamos a 1473 cuando Enrique IV de Castilla autoriza a los procuradores en Cortes formar la Hermandad Nueva General de los reinos de Castilla y León. Su finalidad era asegurar el cumplimiento de la ley y la persecución de los delincuentes. Sin embargo, la vida de dicha Hermandad fue corta, dado el conflicto sucesorio a la muerte del hermanastro de la reina Isabel. Avanzando en la historia y ante la inseguridad que reinaba en los territorios de Castilla, Alonso de Quintanilla, Contador Mayor de Cuentas y Juan de Ortega, sacristán del Rey, promovieron una nueva Santa Hermandad. Contactadas las principales ciudades castellanas, se reunieron sus representantes en Dueñas, en marzo de 1476, para elaborar un proyecto general que fue presentado a los Reyes en las Cortes de Madrigal. El 19 de abril de 1476 los reyes, Fernando e Isabel,  aprobaron el Ordenamiento de Madrigal elaborado por su Consejo Real por el que se regulaba la creación de la Santa Hermandad para proteger el comercio, pacificar el difícil tránsito por los caminos y perseguir el bandolerismo. Su principal función consistía en juzgar y castigar los delitos cometidos a cielo abierto, fuera de los pueblos y ciudades, circunstancia que pervivirá con el trascurso del tiempo en nuestros territorios. En otras palabras, la seguridad pública se convirtió en una política de Estado por vez primera en la historia.

La política que presidió la creación de esta fuerza militar permanente no pudo ser más hábil y discreta: limitar la jurisdicción de los alcaldes a pocos casos, someter los cuadrilleros a rigurosa disciplina, poniendo a su frente capitanes, y nombrar o hacer que fuese nombrado general de aquella milicia, siempre en pie de guerra, al Duque de Villahermosa, hermano bastardo de Fernando el Católico. Todo ello  eran medios seguros para encomendar a los concejos la persecución y el castigo de los malhechores evitando los inconvenientes y peligros de las licencias populares fuera de toda justicia. La unidad del cuerpo y la concentración del mando convirtieron a la Santa Hermandad en un auxiliar poderoso de la monarquía, porque los 2000 hombres de guerra que los concejos pagaban «estaban prestos para lo que el Rey o la Reina les mandasen».

Estos soldados se distinguían por su uniforme: un coleto, o chaleco de piel hasta la cintura y con unos faldones que no pasaban de la cadera. El coleto no tenía mangas y, por tanto, dejaba al descubierto las de la camisa, que eran verdes. Popularmente eran conocidos como cuadrilleros, porque iban en cuadrillas de a cuatro, o Mangas Verdes, dado que por el color de sus mangas resultaban identificables inmediatamente.

Para su financiación se creó un impuesto, la sisa, que gravaba todas las ventas excepto la carne. Además, se instituyó una junta permanente, el Consejo de la Hermandad, al que pertenecían un procurador por cada una de las provincias, que podían cambiar, y cuatro cargos inamovibles nombrados por los reyes: el presidente, cargo para el que fue nombrado Lope de Ribas, obispo de Cartagena, el tesorero o contador, que recayó en Alonso de Quintanilla, el provisor, Juan de Ortega, y el capitán general, para el que fue designado Alfonso de Aragón, hermanastro del rey. Hacia 1480 la «tesorería» de la Santa Hermandad, encargada de cobrar las contribuciones, fue encomendada a arrendadores externos, confiada primero a Pedro González de Madrid, que posteriormente fue sustituido por el destacado financiero judío Abraham Senior.

En los primeros tiempos de la Santa Hermandad su eficacia fue manifiesta, tanto por los castigos severos como por el fortalecimiento de la autoridad real, perdiendo los nobles su anterior inmenso poder e influencia. A finales del siglo XV la Santa Hermandad desapareció como tal para recoger sus funciones hermandades locales, al estilo de las futuras policías locales. A la carga que significaba para los pueblos su existencia se le unieron indisciplinas y abusos. De otro lado, comenzaron las quejas y protestas; los mangas verdes no llegaban nunca a tiempo, los crímenes quedaban impunes o eran los propios aldeanos quienes debían hacer frente al problema, de modo que cuando aparecían, su labor era innecesaria. Por esta razón,  no es difícil intuir que el pueblo, siempre presto a la chanza, acuñase la expresión «¡A buenas horas, mangas verdes!» como distintivo de tardanza, exclamación que ha llegado hasta nuestros días con idéntico sentido.

La Santa Hermandad, en sus versiones locales,  fue entrando en declive poco a poco, hasta que en 1834 mediante una ley votada en las Cortes se ordenó su desaparición total.

Sin embargo, es de resaltar que, diez años después, 1844, fue el año  que vio nacer a su heredera, la Guardia Civil.

Francisco Gilet.

Bibliografía

Martínez Ruiz, Enrique, «Algunas reflexiones sobre la Santa Hermandad»,

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